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De la desindustrialización cultural

Por Luis Barragán 

Crecientemente aislado, nuestro país es ajeno a toda novedad cultural por muy universal que se ofrezca. El régimen ha apostado fuertemente por nuestra miseria espiritual, la pérdida del sentido y de la identidad de las que únicamente él puede disponer, interpretar y monopolizar, explicando a las personas, el mundo y las cosas.

El debate ni siquiera se centra en la dependencia o la transculturización, burocratizados todos los espacios a los que pueda acceder, con sus mastodontes ministeriales. Lo supimos, desde muchos años atrás, con motivo de una Ley Orgánica de Cultura por la que el oficialismo rompió lanzas en la Asamblea Nacional, sancionó el adefesio y, jamás devuelta o promulgada, Maduro Moros se burló de su propia bancada al dar una peor versión mediante una abusiva habilitación legislativa presidencial.

Valga el ejemplo, al abrirse la presente centuria, más allá del petróleo, exportábamos nuestras telenovelas hasta los confines más inimaginables, las librerías por doquier daban cuenta de la existencia de un mercado editorial para autores propios y extraños, cultivamos diferentes géneros musicales que cotizaban nacional e internacionalmente a compositores, arreglistas y cantantes.

Galerías privadas que competían con las públicas, exaltando a los artistas plásticos con los que creció, familiarizado, el país, pasando del cine al teatro y viceversa, multiplicada una gastronomía con representantes muy solicitados en el exterior. O con un Sistema Nacional de Orquestas que masificó la exploración, la disciplina y el hallazgo del talento y la vocación, desde la infancia, de ejecutantes y directores, muchos de los cuales brillan en la diáspora tan injusta, en un exilio forzado que celebra el poder establecido.

Si fueron capaces de quebrar a una de las transnacionales petroleras más importantes del mundo, por qué no hacerlo con quienes tienen por oficio la libertad creadora, siendo tan peligrosos para el socialismo y su entronización. E, incluso, arrinconar toda resistencia, como la expuesta por la maestría de gestión y políticas culturales, bajo la dirección de Carlos Enrique Guzmán, tratando al mismo tiempo de destruir la más elemental noción de autonomía en la UCV.

Estas y otras reflexiones surgieron a propósito del reciente encuentro digital que sostuvimos con la “Youth and Democracy in the Americas”, sobre gestión creativa, por la amable invitación de la abogada María Oropeza, actividad que agradecemos inmensamente.

Acaso, como el detalle de una sugestiva obra de Jesús Soto, los enunciados esbozan esa inmensa lección que Venezuela puede dar al resto del continente, en torno a la galopante desindustrialización cultural que la aqueja.

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